El arte siempre ha tenido un valor intangible en la sociedad, sin embargo, con el auge de un estilo de vida que prima la producción a cualquier otro elemento que no dé un resultado material, se denomina a este como un privilegio y no como una necesidad humana. Desde niños, la música, el teatro y la danza forma una parte intrínseca de nuestra personalidad, pero si estos se eliminan o no se promueven, la persona comienza a ser “emocionalmente pobre” y la brecha de desigualdad entre aquellos que sí han tenido acceso y los que no, se ensancha exponencialmente, mermando a su vez, su libertad.
Esta tesis es la que manifiesta José Vicente Fuentes Castilla, director y creador del Ateneu Cultural Ciutat de Manises, en su nueva obra literaria ensayista L’empremta de l’Art, o La Huella del Arte, junto a Editorial Bubok. Su experiencia abarca una carrera profesional de más de dieciocho años en la industria y en su libro, ha querido ceder la palabra a alumnos, familias, docentes y socios del Ateneu los cuales revelan sus testimonios que avalan la hipótesis del autor: las artes no solo te forman como músico, sino que te hacen crecer como persona.
José Vicente, desde el Ateneu lleváis formando a músicos y artistas casi veinte años, ¿has notado algún cambio en los alumnos a la hora de dar sus primeros pasos en el mundo de las artes?
Sí, y creo que el cambio más importante no está tanto en los alumnos como en el mundo en el que llegan a nosotros. Un niño de hoy recibe una cantidad de estímulos incomparablemente mayor que hace dieciocho años. Todo es más inmediato, más rápido y visual. Y eso tiene consecuencias: cuesta más aceptar los procesos lentos, la repetición, el error o la espera.
El arte funciona precisamente de otra manera. Aprender a tocar un instrumento, bailar, interpretar un personaje o crear una obra exige tiempo. Hay cosas que no pueden acelerarse. Por eso creo que hoy la educación artística es, si cabe, todavía más necesaria. No porque todos los niños tengan que convertirse en artistas, sino porque les ofrece un espacio donde descubrir que no todo tiene que ser inmediato, útil o productivo.
También he observado otra transformación importante: cada vez somos más conscientes de que detrás del alumno hay una persona. Cuando empezamos, hablábamos mucho más de conocimientos, técnica, repertorio o resultados. Después de más de veinte años educando, para mí la pregunta fundamental ya no es solamente «¿qué ha aprendido?», sino «¿qué persona estamos ayudando a construir?».
¿Crees que el auge de la inteligencia artificial va a empeorar el estado y percepción de las artes? ¿O piensas que la sociedad las va a valorar aún más?
La inteligencia artificial me parece una herramienta extraordinaria, pero también nos obliga a hacernos una pregunta que durante mucho tiempo hemos evitado: ¿qué valoramos realmente cuando valoramos una obra de arte?
Si únicamente valoramos el resultado, una melodía, una imagen, un texto perfectamente construido, probablemente la inteligencia artificial va a transformar radicalmente nuestra relación con la creación. Pero yo no creo que el arte sea solamente el resultado. El arte también es el proceso, la intención, la experiencia, el error, la biografía y, sobre todo, la necesidad humana de expresar algo y de compartirlo con otro ser humano.
Quizá la inteligencia artificial termine provocando justamente lo contrario de lo que tememos. Cuanto más fácil sea producir objetos aparentemente artísticos, más importante puede llegar a ser saber quién hay detrás, por qué ha creado algo y qué experiencia humana contiene.
La tecnología puede imitar muchas características de una obra. Lo verdaderamente interesante será comprobar si eso hace que volvamos a preguntarnos qué significa crear.
En tu libro, hablas sobre la necesidad de estudiar las artes para recibir una formación completa, ¿crees que esta mentalidad se ha ido volviendo una minoría en la sociedad de hoy en día o que ha estado siempre ahí?
Creo que existe una contradicción muy profunda. Como sociedad decimos que valoramos la cultura, pero nuestro sistema educativo y nuestra forma de organizar la vida demuestran muchas veces lo contrario.
Nadie cuestiona que un niño necesite aprender matemáticas, lengua o ciencias para comprender el mundo. Sin embargo, todavía tenemos que justificar constantemente por qué necesita música, teatro, danza o artes plásticas. Y para mí esa separación es artificial. Las ciencias nos ayudan a comprender cómo funciona el mundo; las artes nos ayudan también a comprender qué nos ocurre cuando vivimos en él.
El problema aparece cuando empezamos a considerar la educación exclusivamente desde parámetros de productividad. Si una materia no conduce de manera evidente a una profesión o a un resultado económico, parece menos importante. Pero educar no consiste solamente en preparar trabajadores. Consiste en formar personas capaces de pensar, sentir, relacionarse, imaginar y tomar decisiones libremente.
Por eso defiendo que el acceso al arte no debería entenderse como un complemento para quien pueda permitírselo. Forma parte de una educación verdaderamente integral.
Eres compositor de múltiples obras musicales, ¿qué te hizo decidir pasar de crear música a crear una obra literaria?
En realidad, no siento que haya dejado de componer para escribir un libro. Para mí nace de la misma necesidad: intentar ordenar una idea y encontrar la mejor forma de comunicarla.
Durante muchos años he compuesto obras musicales y, paralelamente, hemos ido construyendo el proyecto educativo del Ateneu. Después de casi dos décadas llegó un momento en el que sentí la necesidad de detenerme y preguntarme qué habíamos aprendido durante todo ese tiempo.
L’empremta de l’Art nace de ahí. No quería escribir un tratado pedagógico ni elaborar una teoría desde un despacho. Quería partir de lo vivido. Por eso para mí eran tan importantes las voces de alumnado, familias, profesorado y asociados. Si yo afirmaba que el arte deja una huella en las personas, no podía limitarme a afirmarlo yo: tenía que escuchar qué huella reconocían ellos en sus propias vidas.
En cierto modo, el libro también es una composición. Solo que esta vez los materiales no son sonidos, sino experiencias, recuerdos, reflexiones y personas. No es el primer libro, como profesor he escrito más más cosas, algunas sin publicar, así como poemarios.
Los testimonios que has decidido añadir en tu libro hablan del Ateneu como una segunda casa, ¿era esta tu intención cuando creaste la escuela?
No. Y probablemente esa sea una de las cosas más bonitas que han ocurrido.
Cuando comenzamos teníamos muchas ideas, mucha ilusión y una determinada manera de entender la cultura y la educación, pero no puedes diseñar sobre un papel que un lugar vaya a convertirse en una segunda casa para alguien. Eso solamente sucede con el tiempo.
Lo que sí intentamos construir desde el principio fue un espacio donde la persona estuviera por encima del resultado artístico. Después fueron los propios alumnos, profesores, familias y socios quienes, con sus relaciones y sus experiencias, convirtieron el Ateneu en algo mucho mayor que una escuela.
Cuando alguien que ha pasado años allí dice que ha sido su segunda casa, para mí tiene un valor enorme. Porque una casa no es solamente el lugar donde aprendes cosas. Es el lugar donde puedes equivocarte, crecer, sentirte reconocido, discutir, reconciliarte, encontrar personas diferentes a ti y, finalmente, sentir que perteneces.
Eso no estaba escrito en ningún proyecto inicial. Lo construyeron las personas. Y una vez lo supimos le dimos más carácter y humanidad a nuestro espacio.
En tu propuesta educativa, afirmas que el arte debe ser, en su integridad, accesible, inclusivo y diverso, ¿son estos valores que siempre has tenido en mente, o los has ido adquiriendo según veías a las promociones graduarse?
Había una intuición inicial, pero la experiencia la ha transformado en una convicción.
Puedes escribir palabras como inclusión, diversidad o accesibilidad en un proyecto educativo, pero su verdadero significado aparece cuando tienes delante a una persona concreta. Cuando llega un alumno con unas circunstancias determinadas, una familia con dificultades, alguien que aprende de otra manera o una persona que tradicionalmente habría quedado fuera de determinados espacios artísticos, tienes que decidir qué significan realmente esos principios.
Ahí es donde la teoría se pone a prueba.
Con los años he entendido además que inclusión no significa simplemente permitir que alguien entre. Significa transformar el espacio para que realmente pueda pertenecer a él. Y eso cambia también a todos los demás.
Por eso muchas de las convicciones educativas que aparecen en el libro no nacieron primero como teorías. Nacieron de personas concretas que nos obligaron a hacernos preguntas. Después intentamos poner palabras a lo que habíamos aprendido de ellas.
¿Cuándo te diste cuenta por primera vez que la música se iba a convertir en tu pasión y a la vez en tu profesión?
No recuerdo un momento exacto en el que tomara esa decisión. Creo que ocurrió progresivamente, hasta que llegó un punto en el que ya no podía imaginar mi vida sin la música.
Lo curioso es que con los años mi relación con ella también ha cambiado. La composición me permitió descubrir que la música podía ser una forma de pensamiento: una manera de formular preguntas para las que muchas veces no encontraba palabras.
Pero después apareció otra dimensión: la educación. Descubrí que quizá lo verdaderamente importante no era solamente la música que yo pudiera escribir, sino aquello que la música podía provocar en otras personas. Y probablemente ahí empezó todo lo que vino después.
¿Qué esperas que los lectores se lleven de tu obra?
Una pregunta.
No me interesa demasiado que alguien termine el libro pensando que está de acuerdo conmigo en todo. Preferiría que lo cerrara y se preguntara qué lugar ha ocupado el arte en su propia vida.
Que piense en aquella canción que le acompañó en un momento difícil, en la película que cambió su manera de entender algo, en el libro que todavía recuerda veinte años después, en la primera vez que subió a un escenario o en aquel profesor que consiguió que descubriera algo de sí mismo que desconocía.
Porque cuando hablamos de educación artística utilizamos muchas veces palabras enormes: cultura, creatividad, sensibilidad, patrimonio… Pero al final el arte sucede en personas concretas. Y esa es precisamente la huella de la que habla el libro.
Si conseguimos reconocer que esa huella existe, la siguiente pregunta resulta inevitable: si el arte puede transformar de esa manera a una persona, ¿por qué aceptar que haya alguien que crezca sin tener acceso a él?
Muchas gracias a José Vicente por regalarnos su tiempo para hablar con nosotros. L’empremta de l’Art ya está disponible en la web de Bubok, Amazon, Casa del Libro, librerías físicas y plataformas digitales de venta. Consíguelo en físico o en eBook para llevarlo siempre contigo.
22 / octubre / 2026






